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03/09/2014
Llibre : ‘Les set caixes’ de Dory Sontheimer, una història colpidora sobre l’Holocaust

Edició en català: Angle Editorial, 2014.

Edició en castellà: Editorial Circe, 2014.

 

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Més informació a l'article publicat a La Vanguardia (21-02-2014), d'Eduardo Martín de Pozuelo:

El holocausto, la matanza 'industrializada' de judíos y otras minorías, programada y ejecutada con terrorífica eficacia por el partido nacional socialista alemán, no es cosa del pasado. Puede que muchos crean que es historia –en el caso español, contada poco, mal y con engaños–, pero, a poco que se profundice en la shoah (el término hebreo para referirse a esta cuestión), se comprueba que arrastra sus consecuencias hasta nuestros días. La prueba: la extraordinaria biografía de Dory Sontheimer, nacida en Barcelona y educada como católica en la apostólica y romana España de Franco, que ha conocido, con sorpresa y emoción, el pasado dramático que rodea a su familia gracias al contenido de siete cajas repletas de documentos y fotos que nunca había visto, aunque estaban ocultas en el altillo de su habitación de soltera.

Dory sabe ahora que es de origen judío alemán; que gran parte de los suyos perecieron en los campos de exterminio; que sus padres se las ingeniaron para protegerla de la solución final y del antisemitismo y que tiene familia de la que nunca había oído hablar desperdigada por medio mundo. Esta mujer sabe quién es por esas cajas colmadas de recuerdos que escondieron sus padres y por un tesón para investigar que le está devolviendo un pasado arrebatado por el nazismo, pero que al mismo tiempo ha hecho que el holocausto la alcance tantos años después.

Este es el breve relato del drama desconocido de los Sontheimer y los Heilbruner, dos apellidos vinculados a Barcelona que muestran una faceta más del genocidio nazi. Esta senda de investigación histórica comenzó hace 12 años y conduce a 1934, cuando unas familias judías, atentas al creciente antisemitismo que se apoderaba de Alemania, enviaron a sus hijos a la España republicana para que estuvieran a salvo.

El 7 de octubre del 2002, Dory Sontheimer enterró a su madre, Rosel Heilbruner, después de diez años de enfermedad. Durante sus últimos días de vida, Rosel, que en familia siempre se había expresado en castellano o en alemán, había delirado exclusivamente en alemán. En su ofuscación agónica una vez había gritado: “¡Ahora viene la Gestapo y se nos va a llevar!”. La tranquilizaron con cariño mientras sus hijos atribuían aquellas frases a las alucinaciones de una persona cuya mente se apagaba. Nada más.

Aquel día de octubre, tras la ceremonia fúnebre, Dory pensó en ir a la casa paterna en la avenida Diagonal, pero la jornada ya había sido demasiado triste para toparse con el vacío dejado por su madre. Su padre, Conrado, había fallecido de un infarto en 1984. Dejó la visita para otro momento.

Un par de días después, entró en la casa y recorrió con nostalgia habitaciones que emanaban recuerdos. Se detuvo en la suya y miró los armarios de juventud. El altillo le llamó la atención. Cuando ella vivía allí, antes de casarse, no lo utilizaba. Demasiado alto e incómodo. Su madre guardaba maletas y trastos. Esta vez lo abrió. Siete misteriosas cajas, que guardaban carpetas ordenadas con esmero, ocupaban el espacio. Sobre ellas reconoció la letra de su padre.

Las abrió con extraña ansiedad. Había fotos, cartas, pasaportes y documentos que en un primer momento dieron un vuelco a su corazón y que más adelante cambiarían radicalmente su vida, aunque en aquellos instantes sólo reconoció a sus padres, jóvenes, inmortalizados en diminutas y viejas fotografías, en alguna de las cuales se podía ver la esvástica nazi en la cola de un avión de pasajeros en el aeropuerto de El Prat. Aunque la intensidad emocional del hallazgo fue grande, no comprendió que ante ella tenía una odisea que le afectaba en lo más profundo. 

"No imaginé que en aquellas cajas encontraría la crónica de mi familia. Para mí eran nombres que nada o poco me decían porque no tuve la oportunidad de conocerlos, pese a que al poco sí supe ver que trataba de personas tan cercanas como mis abuelos", comenta Dory, recordando sus primeras horas ante el sorprendente legado que acababa de encontrar. Un repaso un poco más a fondo le volvió a sorprender al descubrir que en algunos de ellos sus padres no figuraban como Conrado y Rosel, los nombres españolizados que adoptaron en 1939 para camuflarse tras la victoria de Franco y que ya no abandonarían más, sino con los suyos verdaderos: Kurt y Rosl.

Aquellos documentos hablaban, y Dory sintió la imperiosa necesidad de comprender qué decían. Consideró un deber saber y descubrir adónde conducían las pistas que le habían legado sus padres. Cada foto, documento o carta le contaba algo que no sabía. Emprendió una investigación personal –que aún continúa– que le ha permitido reconocer su ascendencia judía y su pertenencia a una familia, gran parte de la cual pereció exterminada en las cámaras de gas de Hitler.

Siguiendo la pista de aquel legado, Dory habló por primera vez con este periodista, al que ha permitido ser testigo de sus investigaciones, de sus emociones y de cómo su tenacidad le ha llevado a encontrar a familiares desconocidos.

Los papeles guardados con gran temor por Kurt y Rosl conducían, en palabras de Dory, “a los sucesos vividos por dos jóvenes judíos alemanes que, huyendo de la situación política de su país, fueron enviados por sus padres a Barcelona en busca de refugio”. “Pensaban que sería algo temporal y no fue así. La verdad –sigue Dory– es que cuando cumplí los 18 años me dijeron que era de origen judío, pero lo hicieron de tal forma que no le di importancia y seguí con mi vida como si nada hubiera oído. Sabía que éramos alemanes y nos considerábamos alemanes. Por eso fui al colegio con las monjas católicas alemanas. Sólo me extrañaba, y es lo que les preguntaba una y otra vez a mis padres, que nuestra familia fuera tan escasa”.

Tanta era su extrañeza, que, cada dos por tres, durante las comidas, se repetía la escena: 

"¿Nosotros somos los que estamos en esta mesa? ¿No tengo familia, no tengo primos…?", preguntaba invariablemente.

"Han muerto en la guerra", respondía Rosl y cambiaba de tema…

Cuando Dory comenzó a repasar las cajas, lo primero que tomó entre sus manos fue un telegrama fechado en Tel Aviv en el que se comunicaba la muerte de una tía, Dorl, durante un bombardeo ordenado por Mussolini.

También supo toda la historia de sus padres. Kurt, nacido en Nüremberg el 23 de septiembre de 1907, era hijo de una familia propietaria de la empresa de porcelanas y juguetes Lehmann, con representación en Barcelona, adonde, en 1934, le envió a trabajar su padre, Max, cuando los judíos comenzaron a ser públicamente odiados en Alemania. Rosl nació el 10 de mayo de 1912 en Friburgo, la capital de la Selva Negra. A los 22 años, viendo que Alemania no ofrecía atractivo alguno para los judíos, tomó la decisión de marchar a Barcelona para aprender español. En la capital catalana tenía conocidos y una oferta para trabajar como secretaria de comercio exterior de los célebres almacenes SEPU, fundados por judíos suizos. Al mismo tiempo, su hermano, Julius, (tío de Dory) fue enviado a Estados Unidos, con 13 años, por las mismas razones de seguridad. 

Por eso Julius aparece en una foto hallada en las cajas luciendo uniforme norteamericano mientras, sonriente, descansa su mano sobre una pistola enfundada. Julius desembarcó en Normandía con las tropas del general Patton y de este modo participó en la liberación de Europa mientras su familia era gaseada. Su misión: situarse junto al enemigo y retransmitir por morse sus movimientos a las tropas aliadas. Por su valor recibió la medalla al mérito militar. Al tío Julius Dory sí llegó a conocerlo, aunque nunca mencionó nada que la sacara de la simulación salvadora creada por sus padres. Murió en Estados Unidos sin dejar descendencia.

Kurt y Rosl coincidieron en Barcelona y se enamoraron. Se casaron el 31 de diciembre de 1936 y, como explica su hija, "cuando terminó la guerra española en 1939 se encontraron bajo un régimen similar al que habían dejado atrás". El miedo les hizo cambiar de identidad y casarse de nuevo por el rito católico para formar una familia a la que protegieron, en aquella España amiga de los nazis, guardando para ellos durante toda su vida los horrores que ­padecieron entre los años 1939 y 1945.

La crónica del terror nazi estaba en las cajas y, muy especialmente, en una gran carpeta en la que su padre había escrito "Lina y Eduard", el nombre de los abuelos maternos de Dory, a los que no conoció. En la carpeta había 300 cartas, la mayor parte, de su abuela Lina dirigidas a su padre, Kurt, y viceversa. La primera era de 1936; la última, del 30 de agosto de 1942, fatal fecha que señala su próxima muerte.

"Todo aquello me era desconocido –recuerda la nieta, hoy– y sólo entonces supe que mis abuelos maternos habían sido deportados el 23 de octubre de 1940, tras una 'operación de limpieza' en la Selva Negra, a la zona de Vichy. Desde allí, les enviaron al campo de concentración de Gurs; después, a Drancy y, la primera semana de septiembre de 1942, a Auschwitz, donde fueron exterminados". Dory está rastreando los archivos nazis y ha podido averiguar incluso detalles como que en el tren que llevó a sus abuelos al campo de exterminio viajaban mil deportados.

El intercambio de misivas y telegramas de los abuelos de Dory con sus padres es prácticamente un relato interno de todas las facetas del holocausto. Desde España y utilizando todos sus medios a su alcance, Kurt y Rosl trataron de lograr un salvoconducto para sacar a su familia de los campos de los colaboracionistas franceses. Fue imposible. No todos los diplomáticos españoles era como ese puñado de héroes que representan Sanz Briz, Romero Radigales, Roland de Miotta o Julio Palencia (por señalar algunos), que desobedeciendo las órdenes franquistas salvaron a miles de judíos. No. El cónsul español en Marsella, Vicente Vía Ventalló, reiteradamente mencionado en los documentos, no facilitó ningún pase, y Lina y Eduard acabaron en la cámara de gas.

Los datos recopilados por Dory en aquel flujo de correspondencia le condujeron a Praga en el 2013, donde investigó sobre lo sucedido a sus abuelos y al resto de su familia paterna. El resultado de sus pesquisas lo resumió así en un mensaje enviado a este periodista desde la República Checa: "Los descubrimientos de la familia de Praga han sido fructíferos. Mi abuela tenía ocho hermanos, tres de los cuales fallecieron antes de la guerra, y el resto, con sus cónyuges, murieron víctimas del holocausto. Un primo hermano de mi padre pasó por los campos de Theresienstadt, Auschwitz, Schwarzheide y Sachsenhausen. Fue liberado en 1945, supongo que por los rusos. En 1948 escribió a mi padre para decirle que se había casado y tenido gemelos. Uno de ellos es con quien ahora me encontraré.Del resto de los primos, de los que se salvaron, he averiguado que están en Canadá, Estados Unidos...".

La abuela paterna murió de un infarto cuando comenzaron las deportaciones, y el resto de los familiares perdieron la vida en distintos campos, entre ellos, Auschwitz, Treblinka, Riga y Soligor. Dory supo en su periplo europeo en busca de su pasado que el número de familiares directos muertos en los campos nazis supera de largo los 30.

Dory, que se siente mediterránea y católica, al tiempo que se enorgullece de sus raíces, percibe los dramáticos sucesos que le rodean como el triunfo del nazismo al ser el causante, además del holocausto, de la pérdida de identidad de miles de personas, de la desubicación y dispersión de miles de familias. Tal vez a esa reflexión haya que sumar el expolio económico que sufrieron las víctimas, que en este caso apunta directamente a la "arianización" de la empresa Lehmann, propiedad de su abuelo Max y un socio. Fabricaban porcelanas y juguetes, y su sucursal en Barcelona aún está localizable, aunque esa es otra historia.

No obstante, hay un lado positivo de este relato. Dory Sontheimer ha encontrado a sus primos en Montreal, Viena, Boston y Londres –por ahora–, de tal suerte que "nombres inertes escritos en un papel se han convertido en personas reales con las que me une una historia común", explica.

"Nuestras abuelas eran hermanas, y después de más de 40 años nos encontramos y nos queremos", afirma conmovida mientras se sorprende de que, pese a la separación y al desconocimiento de su existencia entre unos y otros, se reconozcan como miembros de una misma familia, con la misma cultura y la misma educación, "como si hubiéramos estado juntos toda la vida".